es algo así como la lluvia y el viento
cuando cae pasa cesa se va
o como las nubes cambiantes y viajeras
o uno en una estación ferroviaria esperando a nadie
es algo así como figurarse la primavera
en una desteñida tarde de otoño
o aquel pájaro de un poema q escribiera
y en su vuelo va perdiendo plumas
es nutrir la orfandad la ausencia y el olvido
con cantos risas y juegos de niños
es un hondo suspiro mario daniel
por donde uno se va lejísimos y retorna instantáneo
es la soledad q maúlla
y le responde el canto cristalino de una ave tempranera
es el mar distante aquí en estas montañas andinas
es
estoy seguro
el fin de un largo ciclo para empezar de nuevo
hay algo en el ambiente q lo anuncia en silencio
es la proximidad del renacimiento y la resurrección
la cercanía cada vez más vecina de la hermandad
es el alba insinuándose con lentitud de gota de tinajero
julio romero anselmi
san cristóbal, 2005
miércoles, 19 de octubre de 2011
martes, 7 de junio de 2011
SEÑALES
Si me detengo un instante, si pudiera
apenas un segundo
un momentito de nada
detener la marcha de estos días
que pasan y van pasando
atropellados, iracundos, veloces…
y en medio de ese efímero remanso
de esa pausa mis pensamientos
aquietados de golpe
sin apenas poder comprender del todo ese reposo
aquel alto inesperado
ese como un detenerse, simplemente
sin ton ni son, podría decirse
consiguieran entonces y de pronto aligerar la marcha
y empezaran a rodar de un modo quieto
pausado, reflexivo tal vez
ajenos a toda forma de atropellamiento
sin prisa, sin esa furia que antes
les había estado animando la sustancia.
Si ocurriera, como digo, tal prodigio,
si pudiera ser
sabría entonces volver a lo de antes
redescubriría el modo de atisbar la vida
lentamente, acaso con sigilo
deteniéndome cauto en los detalles
atisbando minucias, pormenores
sorbiendo la existencia poco a poco
en tragos lentos, pausados
seguro, ahora sí, de no dejar pasar de largo
las pistas, las señales
que la vida nos suele ir poniendo en el camino
y que sólo vemos –si acaso las vemos-
tal vez demasiado tarde, a veces nunca;
y sin embargo allí estaban
allí estuvieron siempre, lo sabemos
o acaso sólo lo presentimos, es lo mismo
es igual porque de nada nos servirán entonces
porque ya no están más
porque se fueron
porque despreocupadamente
las fuimos dejando por ahí
por las rutas del mundo, a cada paso nuestro
en las esquinas
abandonadas para siempre y sin remedio
entristeciendo de olvido en los cajones
languideciendo de a poco en los baúles
desangrándose de pena en los rincones...
Elkin J. Calle [Abril/2010]
apenas un segundo
un momentito de nada
detener la marcha de estos días
que pasan y van pasando
atropellados, iracundos, veloces…
y en medio de ese efímero remanso
de esa pausa mis pensamientos
aquietados de golpe
sin apenas poder comprender del todo ese reposo
aquel alto inesperado
ese como un detenerse, simplemente
sin ton ni son, podría decirse
consiguieran entonces y de pronto aligerar la marcha
y empezaran a rodar de un modo quieto
pausado, reflexivo tal vez
ajenos a toda forma de atropellamiento
sin prisa, sin esa furia que antes
les había estado animando la sustancia.
Si ocurriera, como digo, tal prodigio,
si pudiera ser
sabría entonces volver a lo de antes
redescubriría el modo de atisbar la vida
lentamente, acaso con sigilo
deteniéndome cauto en los detalles
atisbando minucias, pormenores
sorbiendo la existencia poco a poco
en tragos lentos, pausados
seguro, ahora sí, de no dejar pasar de largo
las pistas, las señales
que la vida nos suele ir poniendo en el camino
y que sólo vemos –si acaso las vemos-
tal vez demasiado tarde, a veces nunca;
y sin embargo allí estaban
allí estuvieron siempre, lo sabemos
o acaso sólo lo presentimos, es lo mismo
es igual porque de nada nos servirán entonces
porque ya no están más
porque se fueron
porque despreocupadamente
las fuimos dejando por ahí
por las rutas del mundo, a cada paso nuestro
en las esquinas
abandonadas para siempre y sin remedio
entristeciendo de olvido en los cajones
languideciendo de a poco en los baúles
desangrándose de pena en los rincones...
Elkin J. Calle [Abril/2010]
martes, 11 de enero de 2011
A María Elena Walsh

En la noche redonda,
redonda de oscuridad y Luna,
juega una niña alrededor de un aljibe;
colgada de un mantel de astros se columpia
luego, mientras avanza, sobre el manto oscuro
va pespunteando estrellas
con hilos robados a la cola de un cometa
_caminito de las sombras_
rumbo allá a lo más profundo
a lo más alto, a lo más hondo
como un tris de viento que canta
como un coro, un duende
que se hace música y oscuridad
perdiéndose allá, a lo lejos,
en un agujero abierto en medio de la noche
un soplo de Luna en camisón
el último aliento de un planeta
un sol que se apaga, que se extingue
allá en el mundo, allá en el Sur,
aquí en mi pecho no,
aquí sigue, jugando a hacer canciones
en una ronda que no cesa, que pasa y pasa
en torno del aljibe, junto al pozo:
una chispa, una princesa
una cometa, una estrella de mar
ah, y el mar, el son del mar
y aquella ciudad oscura como una tumba
aquellos edificios como sepulcros verticales
enormes y fríos, como piedras
de madrugada.
Adiós María Elena, qué suerte
que te me quedas en el corazón,
donde no cabe la muerte.
Elkin J. Calle [Enero 11/2011]
sábado, 8 de enero de 2011
El derecho de soñar
Por Eduardo Galeano
Vaya uno a saber cómo será el mundo más allá del año 2000. Tenemos una única certeza: si todavía estamos ahí, para entonces ya seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.
Sin embargo, aunque no podemos adivinar el mundo que será, bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed.
Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies:
En las calles, los automóviles serán pisados por los perros.
El aire estará limpio de los venenos de las máquinas, y no tendrá más contaminación que la que emana de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor.
El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas.
La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.
En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar, sino los que quieran hacerlo.
Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.
Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.
La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.
La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.
Una mujer, negra, será presidente de Brasil y otra mujer, negra, será presidente de los Estados Unidos de América.
Una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú.
En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las piedras de Moisés. El sexto mandamiento ordenará: "Festejarás el cuerpo". El noveno, que desconfía del deseo, lo declarará sagrado.
La Iglesia también dictará un undécimo mandamiento, que se le había olvidado al Señor: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte".
Todos los penitentes serán celebrantes, y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni día que no sea vivido como si fuera el primero.
Vaya uno a saber cómo será el mundo más allá del año 2000. Tenemos una única certeza: si todavía estamos ahí, para entonces ya seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.
Sin embargo, aunque no podemos adivinar el mundo que será, bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed.
Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies:
En las calles, los automóviles serán pisados por los perros.
El aire estará limpio de los venenos de las máquinas, y no tendrá más contaminación que la que emana de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor.
El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas.
La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.
En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar, sino los que quieran hacerlo.
Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.
Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.
La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla.
La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.
Una mujer, negra, será presidente de Brasil y otra mujer, negra, será presidente de los Estados Unidos de América.
Una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú.
En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las piedras de Moisés. El sexto mandamiento ordenará: "Festejarás el cuerpo". El noveno, que desconfía del deseo, lo declarará sagrado.
La Iglesia también dictará un undécimo mandamiento, que se le había olvidado al Señor: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte".
Todos los penitentes serán celebrantes, y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni día que no sea vivido como si fuera el primero.
viernes, 7 de enero de 2011
FIN DE FIESTA [Pieza en cinco movimientos]
[Para piano, flauta, violoncello, percusión y voz]
[ I ] Primer movimiento [Largo]
La rutina
Ocurre que hay ciertas palabras
gestos, gente, circunstancias
que te toman por sorpresa
y te sacuden de golpe
y te remueven el polvo
y te sacan de la inercia
de unos días siempre iguales
que pasan y van pasando
repetidos como un eco
terribles como la ausencia
tan grises como el olvido
desprovistos de sustancia
idénticos, aburridos.
Ocurre que hay muertes, ausencias,
voces y sombras, fantasmas
que pesan como cadenas:
tristezas de sangre adentro
amores que se han perdido
instantes que nunca fueron.
Los sueños que abandonamos
las no cumplidas promesas
los proyectos no acabados
el mismo rumbo de siempre
las siempre mansas caricias
de una vida de rituales:
los mismos gestos vencidos
la misma risa gastada
los mismos pasos, los mismos
el mismo gato en la cama
los mismos besos fingidos
el mismo sexo sin ganas
La danza sincronizada
de una vida que es rutina
adentro de la misma casa
debajo de unas mismas ruinas.
Ocurre, al fin, que te cansas
pero no encuentras salida
ninguna ruta de escape
el silencio como alternativa
a una vida que no es vida.
El tedio de vivir viviendo
el empeño en seguir creando
la angustia de no estar queriendo
la nostalgia de seguir amando
la rabia de olvidar callando
la certeza de seguir perdiendo
la tristeza de vivir penando
el anhelo de encontrar olvido
el deseo de no acabar odiando
las ganas de morir tranquilo.
Ocurre que te resignas
ocurre que ya ni piensas
que te aburres de intentarlo
ocurre que ya no intentas
porque ya nada te importa.
Descubres que no hay milagros. [Dic.10/2010]
[ II ] Segundo movimiento [Moderato-andante]
Las horas muertas
De tanto estar sin estar
las horas muertas las horas
se acumulan largamente
se acumulan entre el polvo
entre el tedio, sumando días
amontonándose
haciéndose semanas, meses, años
sin que puedas apenas darte cuenta
sin que llegues siquiera a percibir
que es nada más que eso, en suma, lo que eres:
un montón de instantes vacíos
un amasijo de horas apelmazadas
mal puestas una junto a la otra
momentos que no dicen nada
bosquejo apenas de lo que quisiste ser
o hacer y sin embargo
jamás pudiste, nunca pudiste, no se pudo
y te preguntas por qué
y no encuentras respuesta
y te duelen el tiempo y el silencio
el ya no poder hacer nada, eso te duele
te duele tanta impotencia
así es la muerte. [Dic.17/2010]
[ III ] Tercer movimiento [Cantabile]
Inventario simple
Un montón de cajas
decenas de cajas apiladas
cajas de todos los tamaños
cajas grandes y cajas pequeñas
cajas con discos y casetes
cajas con libros y revistas
cajas con películas
cajas repletas de objetos diversos
la acumulación inútil de toda una vida
cajas con cientos de folios, con apuntes
esbozos, ideas, proyectos
resultado de tanta necedad, de tanto empeño
producto inútil de tanta madrugada
de tantas y tantas horas de vigilia
cajas que a su vez contiene otras cajas
cajas más pequeñas donde guardas las fotos
cajas aún más pequeñas donde archivaste las cartas
cartas airadas o tiernas, a veces románticas
letra inútil que sólo nos sirve para recordar
_tal vez para imaginar_
que alguna vez estuviste vivo de algún modo
que alguna vez, tal vez, amaste o fuiste amado
que alguna vez acaso conociste el amor
aunque quién sabe.
Cajas repletas de facturas, contratos, documentos
palabrería más que inservible, naderías
prueba fehaciente de nuestro empeño
_o manía_ de andar por la vida oficializándolo todo, todo,
incluso el paso de los días.
Y junto a las cajas, los muebles:
apenas dos mesas, algunas sillas y un sofá
un enorme sofá de madera
un escritorio antiguo con sus gavetas
ahora más que nunca vacías
los restos de una biblioteca en ruinas
unas cuantas estanterías despobladas
un par de armarios desocupados
una cama grande, destendida
la ropa tirada por ahí, de cualquier modo
un taburete, dos mesas de noche y una lámpara
el retrato pintado en acrílico de alguien que ya no conoces
unos cuántos lienzos empolvados
algunas imágenes antiguas, desgastadas
y aquella foto que te recuerda cómo eras
en la que te vuelves a ver hace ya tantos años.
Una estufa sin gas y una nevera
recordándote su presencia cada madrugada
con aquel sonido repetido,
con su ronroneo metálico y monocorde;
y además los gatos, muchos gatos
un montón de gatos
36 pisadas simultáneas de felinos
arrastrándose con lentitud y parsimonia
por los rincones de la casa vacía
arañando cojines, desflecando alfombras
acariciándome el alma con sus miradas
alborotando la tarde con sus maullidos
endulzándome la vida con sus presencia
conjurando el diario aburrimiento con sus sonidos
y nada más
y nada más. [Dic.17/2010]
[ IV ] Cuarto movimiento [Adagio-cuasi un lamento]
La vida
Se sabe: la vida nunca es lo que uno quiere
nunca es lo que queremos
en ocasiones es sólo lo que podemos
y a veces ni siquiera eso.
La vida, sin embargo, es muchas cosas
siempre es muchas cosas
y es sobre todo muy corta y no nos basta;
no nos bastan los días
los meses no nos bastan
ni nos alcanzan los años
que son tan cortos y pasan, tal vez,
demasiado rápido
al menos así nos lo parece.
La vida es poco, es casi nada
y sin embargo es todo
y sin embargo es siempre
lo único que al final tenemos
lo único que alguna vez se pierde
lo único que definitivamente perdemos
irremediablemente
porque para entonces de nada servirán
los lamentos, las quejas, las protestas.
Las horas son tan cortas
son tan cortas las horas y sin embargo pesan
pesan mucho y pesan tanto
que el único cansancio verdadero
es el que nos va dejando el tiempo
con su paso. [Dic.19/2010]
[ V ] Quinto movimiento [Agitato-vivace]
Petición
Pido que ya no me vean
que no me presientan siquiera
que no me sepan hoy
que no me sepan más
que no me intuyan
que ni tan solo a ras del sueño
me sospechen
que no me vislumbren
que no me anticipen
que no me averigüen
que no me descubran
que no me presuman
que no me quieran invocar
que no me inventen otra vez
que no me sueñen
que no me anuncien
que no me vulneren de nuevo
al presentirme
que no me vuelvan a lastimar
al suponerme
que no me deduzcan
que no me predigan
que no me imaginen
que no me comprueben
que por nada del mundo
me adviertan
que por ningún motivo
me observen
que no me respiren
que no me testifiquen
que no me salvaguarden
que no me santifiquen
que no me pacifiquen
que no me ambicionen
que no me pregunten
que no me interroguen
que no me tanteen
que no me sorprendan
que no me atestigüen
que no me retraigan
que no me devuelvan
que no me fantasmen
que no me fastidien
que no me rastreen
que no me cancionen
que ya no piensen en mí
que no me esperen
que no me alucinen
que no me convoquen
que no me olfateen
que no me revivan
que no se desvivan
que no me desmueran
que no se desvelen
que no me consigan
que no me desentierren
que no me desenlunen
que no me desenloden
que no me desarenen
que no me desempolven
que no me desarraiguen
que no me desensombren
que no me desahoguen
que no me desenfunden
que no me desagravien
que no me desordenen
que no me regresen
que no me nostalgien
que para siempre y de una vez
me olviden
que desde ahora y nunca más
recuerden.
Elkin J. Calle [Dic.31/2010]
[ I ] Primer movimiento [Largo]
La rutina
Ocurre que hay ciertas palabras
gestos, gente, circunstancias
que te toman por sorpresa
y te sacuden de golpe
y te remueven el polvo
y te sacan de la inercia
de unos días siempre iguales
que pasan y van pasando
repetidos como un eco
terribles como la ausencia
tan grises como el olvido
desprovistos de sustancia
idénticos, aburridos.
Ocurre que hay muertes, ausencias,
voces y sombras, fantasmas
que pesan como cadenas:
tristezas de sangre adentro
amores que se han perdido
instantes que nunca fueron.
Los sueños que abandonamos
las no cumplidas promesas
los proyectos no acabados
el mismo rumbo de siempre
las siempre mansas caricias
de una vida de rituales:
los mismos gestos vencidos
la misma risa gastada
los mismos pasos, los mismos
el mismo gato en la cama
los mismos besos fingidos
el mismo sexo sin ganas
La danza sincronizada
de una vida que es rutina
adentro de la misma casa
debajo de unas mismas ruinas.
Ocurre, al fin, que te cansas
pero no encuentras salida
ninguna ruta de escape
el silencio como alternativa
a una vida que no es vida.
El tedio de vivir viviendo
el empeño en seguir creando
la angustia de no estar queriendo
la nostalgia de seguir amando
la rabia de olvidar callando
la certeza de seguir perdiendo
la tristeza de vivir penando
el anhelo de encontrar olvido
el deseo de no acabar odiando
las ganas de morir tranquilo.
Ocurre que te resignas
ocurre que ya ni piensas
que te aburres de intentarlo
ocurre que ya no intentas
porque ya nada te importa.
Descubres que no hay milagros. [Dic.10/2010]
[ II ] Segundo movimiento [Moderato-andante]
Las horas muertas
De tanto estar sin estar
las horas muertas las horas
se acumulan largamente
se acumulan entre el polvo
entre el tedio, sumando días
amontonándose
haciéndose semanas, meses, años
sin que puedas apenas darte cuenta
sin que llegues siquiera a percibir
que es nada más que eso, en suma, lo que eres:
un montón de instantes vacíos
un amasijo de horas apelmazadas
mal puestas una junto a la otra
momentos que no dicen nada
bosquejo apenas de lo que quisiste ser
o hacer y sin embargo
jamás pudiste, nunca pudiste, no se pudo
y te preguntas por qué
y no encuentras respuesta
y te duelen el tiempo y el silencio
el ya no poder hacer nada, eso te duele
te duele tanta impotencia
así es la muerte. [Dic.17/2010]
[ III ] Tercer movimiento [Cantabile]
Inventario simple
Un montón de cajas
decenas de cajas apiladas
cajas de todos los tamaños
cajas grandes y cajas pequeñas
cajas con discos y casetes
cajas con libros y revistas
cajas con películas
cajas repletas de objetos diversos
la acumulación inútil de toda una vida
cajas con cientos de folios, con apuntes
esbozos, ideas, proyectos
resultado de tanta necedad, de tanto empeño
producto inútil de tanta madrugada
de tantas y tantas horas de vigilia
cajas que a su vez contiene otras cajas
cajas más pequeñas donde guardas las fotos
cajas aún más pequeñas donde archivaste las cartas
cartas airadas o tiernas, a veces románticas
letra inútil que sólo nos sirve para recordar
_tal vez para imaginar_
que alguna vez estuviste vivo de algún modo
que alguna vez, tal vez, amaste o fuiste amado
que alguna vez acaso conociste el amor
aunque quién sabe.
Cajas repletas de facturas, contratos, documentos
palabrería más que inservible, naderías
prueba fehaciente de nuestro empeño
_o manía_ de andar por la vida oficializándolo todo, todo,
incluso el paso de los días.
Y junto a las cajas, los muebles:
apenas dos mesas, algunas sillas y un sofá
un enorme sofá de madera
un escritorio antiguo con sus gavetas
ahora más que nunca vacías
los restos de una biblioteca en ruinas
unas cuantas estanterías despobladas
un par de armarios desocupados
una cama grande, destendida
la ropa tirada por ahí, de cualquier modo
un taburete, dos mesas de noche y una lámpara
el retrato pintado en acrílico de alguien que ya no conoces
unos cuántos lienzos empolvados
algunas imágenes antiguas, desgastadas
y aquella foto que te recuerda cómo eras
en la que te vuelves a ver hace ya tantos años.
Una estufa sin gas y una nevera
recordándote su presencia cada madrugada
con aquel sonido repetido,
con su ronroneo metálico y monocorde;
y además los gatos, muchos gatos
un montón de gatos
36 pisadas simultáneas de felinos
arrastrándose con lentitud y parsimonia
por los rincones de la casa vacía
arañando cojines, desflecando alfombras
acariciándome el alma con sus miradas
alborotando la tarde con sus maullidos
endulzándome la vida con sus presencia
conjurando el diario aburrimiento con sus sonidos
y nada más
y nada más. [Dic.17/2010]
[ IV ] Cuarto movimiento [Adagio-cuasi un lamento]
La vida
Se sabe: la vida nunca es lo que uno quiere
nunca es lo que queremos
en ocasiones es sólo lo que podemos
y a veces ni siquiera eso.
La vida, sin embargo, es muchas cosas
siempre es muchas cosas
y es sobre todo muy corta y no nos basta;
no nos bastan los días
los meses no nos bastan
ni nos alcanzan los años
que son tan cortos y pasan, tal vez,
demasiado rápido
al menos así nos lo parece.
La vida es poco, es casi nada
y sin embargo es todo
y sin embargo es siempre
lo único que al final tenemos
lo único que alguna vez se pierde
lo único que definitivamente perdemos
irremediablemente
porque para entonces de nada servirán
los lamentos, las quejas, las protestas.
Las horas son tan cortas
son tan cortas las horas y sin embargo pesan
pesan mucho y pesan tanto
que el único cansancio verdadero
es el que nos va dejando el tiempo
con su paso. [Dic.19/2010]
[ V ] Quinto movimiento [Agitato-vivace]
Petición
Pido que ya no me vean
que no me presientan siquiera
que no me sepan hoy
que no me sepan más
que no me intuyan
que ni tan solo a ras del sueño
me sospechen
que no me vislumbren
que no me anticipen
que no me averigüen
que no me descubran
que no me presuman
que no me quieran invocar
que no me inventen otra vez
que no me sueñen
que no me anuncien
que no me vulneren de nuevo
al presentirme
que no me vuelvan a lastimar
al suponerme
que no me deduzcan
que no me predigan
que no me imaginen
que no me comprueben
que por nada del mundo
me adviertan
que por ningún motivo
me observen
que no me respiren
que no me testifiquen
que no me salvaguarden
que no me santifiquen
que no me pacifiquen
que no me ambicionen
que no me pregunten
que no me interroguen
que no me tanteen
que no me sorprendan
que no me atestigüen
que no me retraigan
que no me devuelvan
que no me fantasmen
que no me fastidien
que no me rastreen
que no me cancionen
que ya no piensen en mí
que no me esperen
que no me alucinen
que no me convoquen
que no me olfateen
que no me revivan
que no se desvivan
que no me desmueran
que no se desvelen
que no me consigan
que no me desentierren
que no me desenlunen
que no me desenloden
que no me desarenen
que no me desempolven
que no me desarraiguen
que no me desensombren
que no me desahoguen
que no me desenfunden
que no me desagravien
que no me desordenen
que no me regresen
que no me nostalgien
que para siempre y de una vez
me olviden
que desde ahora y nunca más
recuerden.
Elkin J. Calle [Dic.31/2010]
viernes, 18 de junio de 2010
El pensamiento libre (II)
La única posibilidad de convivencia armónica con nuestros semejantes -en especial con aquellos con quienes compartimos un mismo idioma, un mismo país, una misma historia, unas mismas ganas de hacerle frente a lo que nos depare el porvenir- pasa por la necesidad de aceptarnos en la diversidad: diversidad de ser, de sentir y también, por supuesto, diversidad en el modo de pensar. Aceptarnos implica reconocernos y valorarnos, y para ello es preciso aprender a respetar y a defender tanto el pensamiento propio como el ajeno.
Nuestra manera de pensar, si bien es única -en razón de su naturaleza individual- no es, sin embargo, "la única". El modo en que razonamos es inherente al proceso de formación intelectual que nos ha traído al presente, a nuestro desarrollo como individuos pensantes, con amplia capacidad para la comunicación, preparados para interactuar socialmente, dotados -en virtud de un arduo proceso evolutivo- de un cerebro que nos ha hecho hábiles en el ejercicio del razonamiento, capaces de discernir y de analizar, adecuadamente instruidos para la toma de decisiones.
Y si bien es idéntica la química y son unos mismos mecanismos los que hacen funcionar nuestra estructura cerebral, nunca podrán ser iguales las respuestas, los razonamientos generados a través de ese mismo proceso al que llamamos pensamiento. Son, por eso, tan variadas las ideas y tan distintas las formas en que se puede siempre mirar incluso a un mismo horizonte. El carácter de diverso no ha de tener de por sí una connotación negativa, antes todo lo contrario. Tal vez nuestra principal dificultad radica precisamente en no ser apenas capaces de aceptarnos y reconocernos como parte de esa diversidad, en no ser capaces de ver en lo opuesto, en lo distinto, nuestro complemento, esa otra parte fundamental de lo que somos, o de lo que aspiramos ser.
Ante tal renuencia de nuestra parte a reconocer mérito y valor a cualquier forma opuesta de pensamiento (a todo razonamiento que nos adverse) hemos preferido inclinarnos por abordar el asunto desde una óptica que quiere buscar en los extremos su justificación, obrando, pues, del modo más simplista posible, aplicando un esquema que quiere sugerir que se trata apenas de una simple confrontación de opuestos elementales: el bien y el mal, constantes de una fórmula única y pretendidamente infalible, incuestionable, susceptible de aplicarse a toda forma de razonamiento, sean éstos de tipo moral, político, económico o social.
Tal modo de proceder pareciera obedecer al evidente propósito, nunca manifiesto, de simplificar, con fines prácticos, la visión general de un plano de confrontación ideológico que sin embargo, en el contexto real se muestra, a todas luces, mucho más complejo, amplio, diverso y multiforme de lo que se intenta sugerir, el cual por lo tanto no puede sino ser considerado (entendido, afrontado, analizado) de ese mismo modo y no del modo simplista que ya dijimos y el cual constituye de por sí una ofensa a nuestra inteligencia por cuanto niega toda posibilidad de aproximación, lectura o análisis de la realidad -al menos de ésta realidad en particular- en tanto las mismas partan de un enfoque distinto al que ha sido previamente determinado, validado además de forma unilateral.
La capacidad de razonamiento, análisis y comprensión que poseemos de la realidad, gracias fundamentalmente a múltiples interacciones que tiene lugar en ese magnífico centro de almacenamiento y procesamiento de datos que es nuestro cerebro, nos permite concluir, sin excesivo esfuerzo, que en el campo de las interacciones humanas los absolutos son siempre extremos peligrosos, y que nada hay que pueda considerarse totalmente negro o definitivamente blanco. Una amplia gama de matices nos caracteriza, nuestra esencia es la diversidad y nuestro mayor convencimiento el respeto a las ideas, en especial porque ha sido a través de ellas (de nuestras ideas, nuestro pensamiento, nuestra creatividad e inventiva) que hemos ido avanzando, sorteando obstáculos a través de las edades, cosechando logros, equivocándonos a veces. Y porque creemos en las ideas como una suerte de mesa servida de posibilidades, sea tal vez que nos resistimos a aceptar supeditarnos sólo a una, aunque esta misma sea a su vez el resultado de una amalgama de muchas otras ideas, incluso aún cuando reconozcamos en ella nociones de mérito, elementos de gran valía.
Me niego a aceptar, por ejemplo, el hecho de que por cuanto hay un grupo con el pleno convencimiento de estar obrando bien, tal convencimiento sugiera, de manera implícita, que los otros lo están haciendo mal. Vale decir, igualmente, que tal lógica les hace también suponer que, dado que ellos están pensando acertadamente, los otros sólo pueden estarlo haciendo de manera errónea; y que son ellos, en fin, los detentadores de la razón, por lo que los otros, en consecuencia, sólo pueden estar equivocados.
Es cierto que en general nos hemos preparado para pensar -y de hecho pensamos- de un modo esencialmente distinto respecto de muchas cosas, y esto es así por múltiples razones. El reto está en encontrar los puntos de coincidencia, los elementos comunes, las cosas que nos acercan. El reto está en empezar a reconocer, de una vez por todas, que igual como puedo estar cerca del acierto bien podría estarlo igualmente del error, y que nada hay que pueda garantizarnos la infalibilidad de nuestras pretensiones. Y está también el reto en el hecho de aprender a aceptarnos en la diversidad, respetándonos y reconociéndonos como partes integrales, aunque eventualmente opuestas, de un mismo momento histórico. De manera individual, una serie de principios, valores e intereses nos caracteriza, dando forma, sentido y valor a los que somos, configurando lo que podríamos llamar nuestro ser social (hombres y mujeres pertenecientes a un grupo humano determinado): una carga nada despreciable que además de orientar el curso de nuestro razonamiento, da forma a nuestras ideas y determina en consecuencia el rumbo de nuestras acciones.
Es quizás ahí, precisamente ahí, donde el escenario se nos hace más complicado, es decir, cuando nos vemos en la inminente necesidad de reconocer en la voz del contrario una validez equivalente a la que suponemos subyace en nuestra propia voz. Lo que pareciera dificultársenos más en tanto individuos sociales, es la capacidad de reconocer y aceptar a aquellos que, abierta y manifiestamente, evidencian una manera de pensar, de razonar, distinta a la propia. Nos cuesta asumir la sola idea de que pueda pensarse de un modo diferente. ¿Cómo es esto posible?, nos preguntamos, como si resultara siempre tan obvio que las cosas que nosotros consideramos de un modo sólo pudieran considerarse de "ese" modo y nunca de un modo diferente. Envilecidos de soberbia suponemos que cualquier razonamiento opuesto es ante todo ingenuo, y en el peor de los casos malintencionado. Es decir, es como si asumiéramos que si no piensan del modo en que pienso yo es sencillamente por ignorancia, aunque casi siempre vamos a preferir creer que es por maldad, y si preferimos este razonamiento es tal vez porque de este modo logramos que se nos faciliten los argumentos en contra; es decir que nos resulta más fácil y cómodo tachar de "malvado" o de malintencionado a quien nos adversa porque de este modo estoy dejando establecido que es de mi lado que se encuentran los argumentos del "bien", de la "bondad", o de la "pureza de intenciones", queriendo con ello justificar y validar mi derecho incuestionable a refutar cualquier modo de pensamiento que se distancie del mío.
Es en el terreno social, y más precisamente en el campo de la política en tanto esta implica contraposición de ideas, donde con más frecuencia nos vemos en la necesidad de medirnos en nuestra capacidad de aceptación/reconocimiento del contrario. Hoy por hoy, en la arena política enarbolar una idea pareciera que sólo puede obedecer a dos causas probables: si va a favor de la suave brisa del razonamiento oficial, del ideario colectivo más o menos admitido de manera general, entonces sin duda ha sido motivada por los más altruistas sentimientos de nacionalismo y amor a la patria; pero si, por el contrario, tal idea fuera a contracorriente de los lineamientos impuestos y se permitiera confrontar en al menos un aspecto los dictámenes establecidos, entonces no cabe duda que obedece a los más oscuros propósitos y estaría de antemano viciada por el vil veneno de la traición.
Sin duda alguna, es tan errado suponer que la razón está siempre de nuestro lado como pretender lo contrario, es decir, que estamos completamente equivocados en nuestros ideales, en nuestras propuestas. Aunque nos manejemos dentro de un alto margen de certeza respecto a nuestros propósitos y los mecanismos que hemos dispuesto para alcanzarlos, siempre estará la posibilidad de errar acechándonos como una sombra. La pureza de intenciones, aunque fuera cierta, no basta para hacer infalible una idea. Ningún proyecto social puede llevarse adelante tan solo bajo el argumento de sentirse predestinados por alguna causa divina, incluso histórica, para conducir al pueblo hacia un porvenir diseñado a la medida de un cierto gusto particular, una especie de tierra prometida, un pretendido paraíso donde, tal como se anuncia, reinará eternamente la armonía y la igualdad. El delirio utópico estaría bien, pero vale decir que cabe, en todo caso, manejarse dentro de él con mesura. Valdría incluso preguntarse: ¿es posible el logro de tal cosa?; o lo que es casi lo mismo: ¿es realmente sustentable, en la práctica, un modelo social de tales características?
Obviamente nuestro interés no radica en dar respuesta a tales cuestionamientos, apenas nos permitimos enunciarlos por cuanto de algún modo tiene qué ver con el tema que nos hemos propuesto argumentar, es decir, el del respeto a la pluralidad, a la diversidad de ideas, al libre ejercicio del pensamiento como base para la consolidación de un modelo social en el que cada individuo sea capaz no sólo de reconocerse en sus propias ideas sino también en las ideas de quienes le adversan, de sus antagonistas; un individuo que sea capaz de aceptar a su contrario sin negarse a sí mismo, reconociéndole idéntica validez y peso a sus reflexiones, en especial por cuanto se supone que han surgido, al igual que las tuyas, de su propia experiencia de vida, de su particular proceso de formación y crecimiento intelectual y humano.
Nuestra manera de pensar, si bien es única -en razón de su naturaleza individual- no es, sin embargo, "la única". El modo en que razonamos es inherente al proceso de formación intelectual que nos ha traído al presente, a nuestro desarrollo como individuos pensantes, con amplia capacidad para la comunicación, preparados para interactuar socialmente, dotados -en virtud de un arduo proceso evolutivo- de un cerebro que nos ha hecho hábiles en el ejercicio del razonamiento, capaces de discernir y de analizar, adecuadamente instruidos para la toma de decisiones.
Y si bien es idéntica la química y son unos mismos mecanismos los que hacen funcionar nuestra estructura cerebral, nunca podrán ser iguales las respuestas, los razonamientos generados a través de ese mismo proceso al que llamamos pensamiento. Son, por eso, tan variadas las ideas y tan distintas las formas en que se puede siempre mirar incluso a un mismo horizonte. El carácter de diverso no ha de tener de por sí una connotación negativa, antes todo lo contrario. Tal vez nuestra principal dificultad radica precisamente en no ser apenas capaces de aceptarnos y reconocernos como parte de esa diversidad, en no ser capaces de ver en lo opuesto, en lo distinto, nuestro complemento, esa otra parte fundamental de lo que somos, o de lo que aspiramos ser.
Ante tal renuencia de nuestra parte a reconocer mérito y valor a cualquier forma opuesta de pensamiento (a todo razonamiento que nos adverse) hemos preferido inclinarnos por abordar el asunto desde una óptica que quiere buscar en los extremos su justificación, obrando, pues, del modo más simplista posible, aplicando un esquema que quiere sugerir que se trata apenas de una simple confrontación de opuestos elementales: el bien y el mal, constantes de una fórmula única y pretendidamente infalible, incuestionable, susceptible de aplicarse a toda forma de razonamiento, sean éstos de tipo moral, político, económico o social.
Tal modo de proceder pareciera obedecer al evidente propósito, nunca manifiesto, de simplificar, con fines prácticos, la visión general de un plano de confrontación ideológico que sin embargo, en el contexto real se muestra, a todas luces, mucho más complejo, amplio, diverso y multiforme de lo que se intenta sugerir, el cual por lo tanto no puede sino ser considerado (entendido, afrontado, analizado) de ese mismo modo y no del modo simplista que ya dijimos y el cual constituye de por sí una ofensa a nuestra inteligencia por cuanto niega toda posibilidad de aproximación, lectura o análisis de la realidad -al menos de ésta realidad en particular- en tanto las mismas partan de un enfoque distinto al que ha sido previamente determinado, validado además de forma unilateral.
La capacidad de razonamiento, análisis y comprensión que poseemos de la realidad, gracias fundamentalmente a múltiples interacciones que tiene lugar en ese magnífico centro de almacenamiento y procesamiento de datos que es nuestro cerebro, nos permite concluir, sin excesivo esfuerzo, que en el campo de las interacciones humanas los absolutos son siempre extremos peligrosos, y que nada hay que pueda considerarse totalmente negro o definitivamente blanco. Una amplia gama de matices nos caracteriza, nuestra esencia es la diversidad y nuestro mayor convencimiento el respeto a las ideas, en especial porque ha sido a través de ellas (de nuestras ideas, nuestro pensamiento, nuestra creatividad e inventiva) que hemos ido avanzando, sorteando obstáculos a través de las edades, cosechando logros, equivocándonos a veces. Y porque creemos en las ideas como una suerte de mesa servida de posibilidades, sea tal vez que nos resistimos a aceptar supeditarnos sólo a una, aunque esta misma sea a su vez el resultado de una amalgama de muchas otras ideas, incluso aún cuando reconozcamos en ella nociones de mérito, elementos de gran valía.
Me niego a aceptar, por ejemplo, el hecho de que por cuanto hay un grupo con el pleno convencimiento de estar obrando bien, tal convencimiento sugiera, de manera implícita, que los otros lo están haciendo mal. Vale decir, igualmente, que tal lógica les hace también suponer que, dado que ellos están pensando acertadamente, los otros sólo pueden estarlo haciendo de manera errónea; y que son ellos, en fin, los detentadores de la razón, por lo que los otros, en consecuencia, sólo pueden estar equivocados.
Es cierto que en general nos hemos preparado para pensar -y de hecho pensamos- de un modo esencialmente distinto respecto de muchas cosas, y esto es así por múltiples razones. El reto está en encontrar los puntos de coincidencia, los elementos comunes, las cosas que nos acercan. El reto está en empezar a reconocer, de una vez por todas, que igual como puedo estar cerca del acierto bien podría estarlo igualmente del error, y que nada hay que pueda garantizarnos la infalibilidad de nuestras pretensiones. Y está también el reto en el hecho de aprender a aceptarnos en la diversidad, respetándonos y reconociéndonos como partes integrales, aunque eventualmente opuestas, de un mismo momento histórico. De manera individual, una serie de principios, valores e intereses nos caracteriza, dando forma, sentido y valor a los que somos, configurando lo que podríamos llamar nuestro ser social (hombres y mujeres pertenecientes a un grupo humano determinado): una carga nada despreciable que además de orientar el curso de nuestro razonamiento, da forma a nuestras ideas y determina en consecuencia el rumbo de nuestras acciones.
Es quizás ahí, precisamente ahí, donde el escenario se nos hace más complicado, es decir, cuando nos vemos en la inminente necesidad de reconocer en la voz del contrario una validez equivalente a la que suponemos subyace en nuestra propia voz. Lo que pareciera dificultársenos más en tanto individuos sociales, es la capacidad de reconocer y aceptar a aquellos que, abierta y manifiestamente, evidencian una manera de pensar, de razonar, distinta a la propia. Nos cuesta asumir la sola idea de que pueda pensarse de un modo diferente. ¿Cómo es esto posible?, nos preguntamos, como si resultara siempre tan obvio que las cosas que nosotros consideramos de un modo sólo pudieran considerarse de "ese" modo y nunca de un modo diferente. Envilecidos de soberbia suponemos que cualquier razonamiento opuesto es ante todo ingenuo, y en el peor de los casos malintencionado. Es decir, es como si asumiéramos que si no piensan del modo en que pienso yo es sencillamente por ignorancia, aunque casi siempre vamos a preferir creer que es por maldad, y si preferimos este razonamiento es tal vez porque de este modo logramos que se nos faciliten los argumentos en contra; es decir que nos resulta más fácil y cómodo tachar de "malvado" o de malintencionado a quien nos adversa porque de este modo estoy dejando establecido que es de mi lado que se encuentran los argumentos del "bien", de la "bondad", o de la "pureza de intenciones", queriendo con ello justificar y validar mi derecho incuestionable a refutar cualquier modo de pensamiento que se distancie del mío.
Es en el terreno social, y más precisamente en el campo de la política en tanto esta implica contraposición de ideas, donde con más frecuencia nos vemos en la necesidad de medirnos en nuestra capacidad de aceptación/reconocimiento del contrario. Hoy por hoy, en la arena política enarbolar una idea pareciera que sólo puede obedecer a dos causas probables: si va a favor de la suave brisa del razonamiento oficial, del ideario colectivo más o menos admitido de manera general, entonces sin duda ha sido motivada por los más altruistas sentimientos de nacionalismo y amor a la patria; pero si, por el contrario, tal idea fuera a contracorriente de los lineamientos impuestos y se permitiera confrontar en al menos un aspecto los dictámenes establecidos, entonces no cabe duda que obedece a los más oscuros propósitos y estaría de antemano viciada por el vil veneno de la traición.
Sin duda alguna, es tan errado suponer que la razón está siempre de nuestro lado como pretender lo contrario, es decir, que estamos completamente equivocados en nuestros ideales, en nuestras propuestas. Aunque nos manejemos dentro de un alto margen de certeza respecto a nuestros propósitos y los mecanismos que hemos dispuesto para alcanzarlos, siempre estará la posibilidad de errar acechándonos como una sombra. La pureza de intenciones, aunque fuera cierta, no basta para hacer infalible una idea. Ningún proyecto social puede llevarse adelante tan solo bajo el argumento de sentirse predestinados por alguna causa divina, incluso histórica, para conducir al pueblo hacia un porvenir diseñado a la medida de un cierto gusto particular, una especie de tierra prometida, un pretendido paraíso donde, tal como se anuncia, reinará eternamente la armonía y la igualdad. El delirio utópico estaría bien, pero vale decir que cabe, en todo caso, manejarse dentro de él con mesura. Valdría incluso preguntarse: ¿es posible el logro de tal cosa?; o lo que es casi lo mismo: ¿es realmente sustentable, en la práctica, un modelo social de tales características?
Obviamente nuestro interés no radica en dar respuesta a tales cuestionamientos, apenas nos permitimos enunciarlos por cuanto de algún modo tiene qué ver con el tema que nos hemos propuesto argumentar, es decir, el del respeto a la pluralidad, a la diversidad de ideas, al libre ejercicio del pensamiento como base para la consolidación de un modelo social en el que cada individuo sea capaz no sólo de reconocerse en sus propias ideas sino también en las ideas de quienes le adversan, de sus antagonistas; un individuo que sea capaz de aceptar a su contrario sin negarse a sí mismo, reconociéndole idéntica validez y peso a sus reflexiones, en especial por cuanto se supone que han surgido, al igual que las tuyas, de su propia experiencia de vida, de su particular proceso de formación y crecimiento intelectual y humano.
El pensamiento libre (I)
Debo empezar, necesariamente, aclarando que nadie me ha pagado por decir lo que ahora mismo y aquí me propongo decir. Es la verdad. De hecho, jamás he recibido de nadie dinero o dádiva alguna por pensar como pienso, mucho menos por ajustar mi pensamiento a conveniencia ajena. Tengo además, como lo tenemos todos, el derecho fundamental a defender mi libertad de pensar como quiero pensar.
No creo, por lo demás, que sea del todo posible el soborno en estos casos. Es decir, que nadie puede en verdad pagarte por pensar de un modo en particular, bajo unos determinados preceptos. Uno piensa como piensa. Punto. Y ese pensamiento no es otra cosa que el resultado de lo que somos, o de aquello en lo que nos hemos convertido a lo largo de ese siempre arduo y en todo caso diferente -y por eso mismo único- proceso al que llamamos formación (en este caso formación intelectual, es decir, preparación, adquisición de conocimiento) del cual es parte integral todo cuanto ha estado ingresando a nuestro cerebro en el curso de varios años, de muchos años tal vez, los años de nuestra vida: el tiempo que hemos permanecido vivos, aprendiendo, descubriendo, conociendo.
Todo cuanto nuestro cerebro percibe, incorpora, procesa, asimila, acaba configurando un corpus único y particular, que sólo puede ser de uno y de nadie más. Otros habrá que lleven una vida semejante a la tuya, tal vez bastante similar en algunos aspectos, muy probablemente con más de un elemento en común, pero nunca, sin embargo, idéntica, y es por ello que nunca podrán ser idénticos los razonamientos resultantes.
De modo pues que si uno piensa como piensa, si pensamos del modo en que pensamos, ha de entenderse esto como una consecuencia de lo que somos, de nuestras experiencias de vida, de nuestro aprendizaje, y también de las decisiones que hemos ido tomando (sean éstas acertadas o no). Se piensa en razón de eso, de lo que eres en esencia, de tus principios, todo lo cual contribuye a definir un particular modelo de razonamiento, una ideología, entendiendo por tal el conjunto de ideas fundamentales que caracteriza nuestro pensamiento (resultado de la sana y natural amalgama, confrontación, combinación, yuxtaposición de una serie de ideas precedentes, que pueden ser tanto propias como ajenas.
Lo dicho: nadie puede comprar nuestra manera de pensar, de razonar, de ser. Puede haber, sin embargo, quien reciba dinero por cosa semejante pero no es cierto. En el fondo nunca será cierto que se deje de pensar de un modo determinado y se empiece así como así, radicalmente, a pensar de otro. Tal vez sólo se finge pensar de ‘ese’ otro modo, o intentan hacer creer que su razonamiento ha dado un giro pero es falso, absolutamente falso, pues lo esencial de nuestro razonamiento no puede revertirse de la noche a la mañana (aún cuando sea susceptible de adecuaciones, giros, reajustes…) No puede desaprenderse lo aprendido (puede, sí, complementarse, nutrirse, mejorarse) ni es posible ver las cosas con ojos diferentes a los propios, con una lente distinta a la que supone nuestro cerebro, dotado en general de capacidades extraordinarias, y en lo particular, de ciertas destrezas individuales que son las que hacen únicas las ideas expresadas por cada persona, aún cuando tengan en común el hecho de derivar de un proceso similar de preparación, es decir el aprendizaje previo de ideas diversas que son las que sirven de sustento, de base, a nuestro razonamiento.
Es en el ejercicio de nuestro pensamiento (una vez convertido en expresión verbal o escrita) donde podemos mostrarnos -y sentirnos- verdaderamente libres. Es allí, y sólo allí, donde podemos permitirnos ese lujo mayúsculo que significa vivir desprovistos de ataduras. Esto, claro, sólo cuando somos realmente libres de ejercer nuestro derecho a pensar (y en consecuencia obrar) al margen de toda obligación, de toda servidumbre, de cualquier forma de imposición que comprometa nuestro modo de proceder en el terreno de las ideas.
Preservar la libertad de pensamiento debería ser nuestra principal razón de vida, y nuestro mayor orgullo el poder decir alguna vez que nunca transigimos ni claudicamos ante presiones externas que amenazaran nuestros principios, que jamás renunciamos a nuestro modo de pensar, que siempre obramos en defensa de nuestras ideas, aunque en ello se nos fuera la vida. De hecho, defender nuestro derecho a pensar libremente equivale a defender nuestra vida. No es manera digna de estar vivo el no poder pensar con libertad.
No creo, por lo demás, que sea del todo posible el soborno en estos casos. Es decir, que nadie puede en verdad pagarte por pensar de un modo en particular, bajo unos determinados preceptos. Uno piensa como piensa. Punto. Y ese pensamiento no es otra cosa que el resultado de lo que somos, o de aquello en lo que nos hemos convertido a lo largo de ese siempre arduo y en todo caso diferente -y por eso mismo único- proceso al que llamamos formación (en este caso formación intelectual, es decir, preparación, adquisición de conocimiento) del cual es parte integral todo cuanto ha estado ingresando a nuestro cerebro en el curso de varios años, de muchos años tal vez, los años de nuestra vida: el tiempo que hemos permanecido vivos, aprendiendo, descubriendo, conociendo.
Todo cuanto nuestro cerebro percibe, incorpora, procesa, asimila, acaba configurando un corpus único y particular, que sólo puede ser de uno y de nadie más. Otros habrá que lleven una vida semejante a la tuya, tal vez bastante similar en algunos aspectos, muy probablemente con más de un elemento en común, pero nunca, sin embargo, idéntica, y es por ello que nunca podrán ser idénticos los razonamientos resultantes.
De modo pues que si uno piensa como piensa, si pensamos del modo en que pensamos, ha de entenderse esto como una consecuencia de lo que somos, de nuestras experiencias de vida, de nuestro aprendizaje, y también de las decisiones que hemos ido tomando (sean éstas acertadas o no). Se piensa en razón de eso, de lo que eres en esencia, de tus principios, todo lo cual contribuye a definir un particular modelo de razonamiento, una ideología, entendiendo por tal el conjunto de ideas fundamentales que caracteriza nuestro pensamiento (resultado de la sana y natural amalgama, confrontación, combinación, yuxtaposición de una serie de ideas precedentes, que pueden ser tanto propias como ajenas.
Lo dicho: nadie puede comprar nuestra manera de pensar, de razonar, de ser. Puede haber, sin embargo, quien reciba dinero por cosa semejante pero no es cierto. En el fondo nunca será cierto que se deje de pensar de un modo determinado y se empiece así como así, radicalmente, a pensar de otro. Tal vez sólo se finge pensar de ‘ese’ otro modo, o intentan hacer creer que su razonamiento ha dado un giro pero es falso, absolutamente falso, pues lo esencial de nuestro razonamiento no puede revertirse de la noche a la mañana (aún cuando sea susceptible de adecuaciones, giros, reajustes…) No puede desaprenderse lo aprendido (puede, sí, complementarse, nutrirse, mejorarse) ni es posible ver las cosas con ojos diferentes a los propios, con una lente distinta a la que supone nuestro cerebro, dotado en general de capacidades extraordinarias, y en lo particular, de ciertas destrezas individuales que son las que hacen únicas las ideas expresadas por cada persona, aún cuando tengan en común el hecho de derivar de un proceso similar de preparación, es decir el aprendizaje previo de ideas diversas que son las que sirven de sustento, de base, a nuestro razonamiento.
Es en el ejercicio de nuestro pensamiento (una vez convertido en expresión verbal o escrita) donde podemos mostrarnos -y sentirnos- verdaderamente libres. Es allí, y sólo allí, donde podemos permitirnos ese lujo mayúsculo que significa vivir desprovistos de ataduras. Esto, claro, sólo cuando somos realmente libres de ejercer nuestro derecho a pensar (y en consecuencia obrar) al margen de toda obligación, de toda servidumbre, de cualquier forma de imposición que comprometa nuestro modo de proceder en el terreno de las ideas.
Preservar la libertad de pensamiento debería ser nuestra principal razón de vida, y nuestro mayor orgullo el poder decir alguna vez que nunca transigimos ni claudicamos ante presiones externas que amenazaran nuestros principios, que jamás renunciamos a nuestro modo de pensar, que siempre obramos en defensa de nuestras ideas, aunque en ello se nos fuera la vida. De hecho, defender nuestro derecho a pensar libremente equivale a defender nuestra vida. No es manera digna de estar vivo el no poder pensar con libertad.
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